Era octubre, pero en Múnich ya se rozaban los cero grados. Se rozaban los cero grados, pero los bávaros se sentaban a beber en las terrazas de los bares del centro. Es la misma zona peatonal en la que los aficionados del Bayern (que no significa otra cosa que Baviera) se juntan para asistir al milagro de ver sonreir a Oliver Kahn; algo que sólo sucede si hay un trofeo que alzar desde el balcón. En época de vacas flacas, Kahn sigue siendo Kahn y los seguidores del Bayern deben conformarse con mirar un triste carrillón medieval.
Hoy el mercurio marcará, eso aventuran, los cinco grados bajo cero. Ronaldo, también lo han dicho, se tapará la calva con un gorro. Los madridistas, ha trascendido, se untarán una crema para que los pies no se les queden como sorbetes. Y el Bayern, mientras, se frota las manos de gusto, recostado tan ancho en su terraza, esperando que el camarero les traiga otra jarra de cerveza helada mientras su rival también se frota las manos, pero de frío, y pide un caldito reparador. El de Múnich, ciertamente, es un frío galáctico. Pero, a poco que prevalezca, el talento derretirá la nieve. Y en el centro de Múnich, los próximos meses, todas las miradas se concentrarán en el carrillón.
24.2.04
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