Se había puesto 14 inyecciones para suavizar los músculos, pero se desplomó como si fuera de madera. Como un saco de patatas. Él, capaz de encararse con cualquier defensa que se coloque mal en un córner, tiró a la basura el trabajo de todos sus compañeros y le dio la vida a un pésimo Madrid que sólo mereció irse derrotado. Pero Casillas, mangas cortas en medio de la nieve, detuvo la avalancha.
Como en la final del 99 en Barcelona, Kahn hubiera preferido no tener que levantarse nunca. Con la cara plantada en el césped del Olímpico, las cámaras aguardaban que se pusiera de pie. Puro morbo. Todos queríamos verle la cara, ansiosos de saber cómo se conjugan en un mismo rostro la frustración, la rabia y el orgullo irrenunciable de todo soberbio. Y Kahn es un soberbio mayúsculo, así que... ¿cómo resistirse a hacer leña del árbol caído? Porque, a fin de cuentas, así cayó Kahn. Como cae un árbol.
25.2.04
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