El linchamiento verbal que sufrió ayer Radomir Antic a la salida de Balaídos resultó tan visceral como injusto. El Celta ya estaba hecho unos zorros antes de que él llegara. Se le puede acusar de no haber sido capaz de enderezar un equipo sumido en la depresión, de haberse visto superado. como él mismo ha reconocido. Se le puede achacar, en definitiva, un fracaso deportivo. De ahí a despedirle con tamaña bronca (no faltó quien le llamó “vividor” a voz en cuello, ni quien le exigió que se fuera sin cobrar un duro), hay un buen trecho. Lo único que Antic ha hecho en Vigo, mejor o peor, es entrenar. A la vista de los resultados, es más que posible que no lo haya hecho bien, pero ayer pagó los pocos platos que le ha dado tiempo a romper y los que muchos otros rompieron antes de que él cogiera al equipo.
No siento ninguna simpatía hacia Antic, que va camino (si no es cesado, cosa probable) de conducir a Segunda al tercero de sus cuatro últimos equipos. Por dos motivos. El primero, su propensión a deshacerse en lágrimas, hábito que tan bien ejemplificó en su día Luis Fernández en la sala de prensa de San Mamés. El segundo, sus comentarios saturados de rencor hacia Real Madrid y Atlético (especialmente el primero) en la Cadena Ser. Jamás comentó Antic un partido en el que el Madrid ganase justamente, sin concesiones arbitrales ni deméritos del rival. No habrá que explicarle con demasiado detalle, por tanto, por qué el público de Balaídos ha sido injusto con él. De llantos, heridas abiertas y rencores mal curados Antic sabe más que nadie.
29.3.04
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