El viernes de la próxima semana se elige al presidente de la Federación Española de Fútbol. Aunque ese día será 26 de noviembre del año 2004, el sistema que se empleará en la elección recuerda más al de la Francia del siglo XVIII (un estamento, un voto) que al sufragio universal. Se trata de un método escasamente representativo y con el que, evidentemente, resulta mucho más sencillo manipular el proceso. A falta de un electorado al que dirigir un mensaje, basta un susurro al oído de Laporta o intercambiar una mirada cómplice con Sánchez Arminio.
Tan absurda es la situación que a los clubes profesionales, 42 en total, les corresponden sólo 30 votos. Aceptada la división estamental, lo más lógico sería que tuvieran 42 y pudieran acudir todos a las urnas, cada uno con su papeleta, cada uno con su opinión. Pero no es así, y para evitar que los 12 clubes ausentes de la Asamblea carezcan de peso alguno, el colectivo decidió votar en bloque. Es algo parecido a las elecciones americanas: si Bush gana en Ohio, se lleva todos los votos del estado, gane por un voto o por un millón. “Ohio” ha votado, y ha elegido a Gerardo González, al que “debería” en consecuencia entregar sus 30 votos. “Debería”, porque no está claro que vaya a ser así. El voto es secreto, por lo que es muy posible que los clubes más afines a Villar (Barça, Athletic, Español, Osasuna y Racing, según ABC) se representen únicamente a sí mismos cuando acudan a la urna. El fútbol es una jungla, y este procedimiento electoral le va como la seda. Es lo más parecido a la ley de la selva.
18.11.04
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