Poner remedio a esta violencia

La memoria de Aitor Zabaleta sigue vigente/ Jesús Uriarte

La memoria de Aitor Zabaleta sigue vigente/ Jesús Uriarte

Era apenas yo un chaval adolescente cuando quedé atónito ante una noticia que me parecía inconcebible. Era un martes de diciembre de 1998, concretamente el día de la Inmaculada de ese año, y la Copa de la UEFA servía un duelo español en los octavos entre el Atlético de Madrid, que quedó en un segundo plano por una tragedia, el asesinato de Aitor Zabaleta.

Aitor y su novia Vero tuvieron la mala fortuna de cruzarse en las inmediaciones del Calderón, horas antes del encuentro, con un grupo de ‘skins’ pertenecientes al Frente Atlético, que tras increpar a la pareja, apuñalaron en el pecho a Aitor, que tras andar unos cien metros, se desplomó en la puerta 6 del feudo colchonero mientras exclamaba “¡Me han pinchado, tengo sangre en el jersey!, Vero, me estoy muriendo…”. Horas más tardes Aitor Zabaleta fallecía en el centro hospitalario Fundación Jiménez Díaz. Su asesinato quedó impune y el partido no fue suspendido.

Casi dieciséis años después ha vuelto a ocurrir la barbarie en tierras madrileñas al fallecer un aficionado de los Riazor Blues, Francisco Romero ‘Jimmy’, tras una pelea concertada (lo más triste) con miembros del Frente Atlético. Entre el asesinato de ‘Jimmy’ y el de Zabaleta, hubo otra víctima de la radicalización del fútbol, el deportivista Manuel Ríos que moría a manos de miembros de Riazor Blues por defender a un niño seguidor del Compostela de esos radicales de su equipo tras un encuentro de Copa del Rey.

Tres asesinatos y los colectivos de sus autores siguen existiendo, si bien Riazor Blues se disolvió en 2003 tras el incidente de Santiago pero volvió a formarse a los pocos años, y parece que aunque su barbarie tiña de sangre el fútbol, no se va a tomar medidas en el asunto.

Las autoridades competentes se apremiaron en denunciar los lamentables hechos pero no se embarcaron en realizar medidas más profundas para erradicar esta lacra. De hecho en algunos casos han sido los propios clubes los que han tomado cartas en el asunto, pues por ejemplo, Real Madrid y Barcelona son los que prohibieron a Ultras Sur (agresiones severas a un cámara de Telecinco y a un aficionado del Osasuna en su haber) y a Boixos Nois (un asesinato a un aficionado francés del Espanyol como carta de presentación) la entrada en sus respectivos estadios.

Un ejemplo que debería aplicarse el Atlético de Madrid, pues tras el incidente deplorable que llevó a la muerte de Aitor Zabaleta, el Frente Atlético ha seguido ocupando su lugar en el Calderón y encima con la bravuconería de realizar cánticos como el de Por eso yo voy a pinchar al cerdo de la Real, no nos engañáis. Aitor Zabaleta era jarrai”, que supone una clara apología al crimen. En definitiva, impunidad y alevosía.

Y tras este último altercado parece que la directiva colchonera va a seguir con su política de inanición. Enrique Cerezo, presidente atlético, arguyó que “Esto no tiene nada que ver con Atlético y Deportivo” mientras que su delfín, Miguel Ángel Gil Marín profirió “Yo no soy quién para disolver al Frente Atlético”. Punto uno, en cuanto permites la entrada de violentos que ya se han labrado una fama al estadio del club al que diriges, ya si tiene que ver con tu propio club. Punto dos, Gil Marín no tendrá la autoridad y el poder de disolver una grupo ultra, pero sí no de mostrar ni el más mínimo apoyo que se le da al permitir que siga yendo al Calderón.

Ante la declaración de intenciones de los dirigentes atléticos que se une a la inactividad de otros clubes ante sus radicales, ya sólo nos queda rezar que tras la Comisión Antiviolencia celebrada esta mañana, el Consejo Superior de Deportes y la Secretaría de Estado de Seguridad cumplan su promesa de cerrar las gradas a los ultras violentos para que el fútbol no vuelva a ser profanado con sangre e inhumanidad.

Nacho Mateo

Periodista, hice mis primeros pinitos en la prensa deportiva local y luego soñé con emprender. Curioso por naturaleza, también soy productor audiovisual. Cada uno se marca su propia frontera