¿Y la FIFA qué?

Jpseph Blatter, el 'trasparente' presidente de la FIFA/ AFP

Jpseph Blatter, el ‘trasparente’ presidente de la FIFA/ AFP

Esta noche arranca uno de los mundiales cuyo entorno se ha visto rodeado de polémica como no se recuerda en los últimos treinta años. Ni siquiera en el pasado mundial celebrado en Sudáfrica hubo tales protestas sociales y tanta animadversión con el torneo y eso que se dejó a mucha gente sin hogar hacinada en campos de internamiento (por no decir concentración) en una operación de ‘limpieza’ que ni la del Grupo 7 con la Expo 92. Así, el pueblo brasileño sí que ha reaccionado con las injusticias sociales y con el desorbitado gasto que ha supuesto la organización de la cita mundialista, pero todas sus iras, y el enfoque de los medios también, van destinadas al ejecutivo que comanda Dilma Rousseff, pero ¿y la FIFA?, ¿ella no tiene culpa de nada?

Ay, la FIFA, un organismo con sede en Suiza, dirigida por un suizo y con la misma opacidad que un banco suizo… que agradables coincidencias. Es cierto que el organismo que preside Joseph Blatter aporta una pequeña partida (2.000 millones de dólares) para ayudar al comité organizador pero también es cierto que esa cantidad, la entidad gestora del fútbol mundial la recupera con creces. En primer lugar la FIFA tiene una importante cuota de entradas para los diferentes encuentros del mundial (las informaciones mediáticas no aportan el número exacto, pero se habla de una cantidad considerable) que si bien algunas son para compromisos de la entidad como las donación de entradas a todos los obreros participantes en la construcción de los estadios, otras son destinadas a la venta directa al público con el objeto de sacar rédito económico. Pero eso es una minucia con lo que saca la FIFA con los derechos televisivos y la mercadotecnia: si un canal de Uzbekistán o Vanuatu quiere retransmitir equis partidos, pasa por caja; si Panini quiere sacar el álbum de cromos oficial o si EA Sports quiere lanzar el videojuego de Brasil 2014, ambos pasan por caja. Suma todas las televisiones a nivel mundial que emiten la Copa del Mundo y todos los productos oficiales y hallarás un montante de dinero bastante curioso.

El lema de la FIFA reza así: «For the game, for the world» (por el juego, por el mundo) pero debería añadir una premisa más, «for our pockets» (para nuestro bolsillos). En una reciente entrevista a un medio británico Blatter aseguraba que la FIFA es una organización sin ánimo de lucro, pero cuando el entrevistador le cuestionaba por las cuentas bancarias repletas de francos suizos (se estima una cantidad cercana a unos 1.280 millones de dólares) que tenía el organismo futbolístico, el máximo dirigente respondía que simplemente es una reserva por ‘lo que pueda pasar’. Seguramente de esa reserva salga el sueldo anual de Blatter que se valora en unos dos millones de euros y vayan a parar las comisiones pseudo-mafiosas por otorgar la organización del mundial del 2022 al emirato de Catar. Todo esto son, claro, especulaciones, porque pese a que la FIFA en los últimos tiempos ha promulgado la transparencia, se niega a hacer público el sueldo de Blatter y la procedencia de sus ingresos.

Diego Armando Maradona, persona bastante peculiar que no es santo de mi devoción, arremetió hace un par de días con la FIFA. «La verdad es que no hay clima para el mundial, soy partidario de Dilma, pero este evento llegó a manos de gente mala, hay muchas cosas que se podrían haber hecho de otra manera «, señaló el ‘Pelusa’ mencionando  indirectamente a la FIFA para luego cargar sus tintas contra ella: «¿Qué feo poder tiene la FIFA? El evento recauda 4.000 millones de dólares  y el campeón sólo recibe 35 millones de dólares». Maradona no es una hermanita de la caridad pero la avaricia desmesurada le chirría.  «Los dirigentes de la FIFA son personas ruines» fue la conclusión del astro argentino, y parece ser que esta vez, acierta.

Nacho Mateo

Periodista, hice mis primeros pinitos en la prensa deportiva local y luego soñé con emprender. Curioso por naturaleza, también soy productor audiovisual. Cada uno se marca su propia frontera