El partido del odio

El encuentro entre Egipto y Argelia clasificatorio para Italia 90, fue denominado 'el partido del odio'/ The Guardian

El encuentro entre Egipto y Argelia clasificatorio para Italia 90, fue denominado ‘el partido del odio’/ EMPICS

17 de noviembre de 1989, hace exactamente 26 años, las selecciones de Egipto y Argelia se enfrentaron en El Cairo en una fase de clasificación para el mundial de Italia 90, que ya estaba marcado por los incidentes del Brasil-Chile (cuando el meta andino ‘Cóndor’ Rojas se cortó con una cuchilla de afeitar y simuló agresión). Para marcar aún más esta fase previa, el partido entre egipcios y argelinos, que va más allá de la victoria del equipo anfitrión por uno a cero, quedará en la memoria por la extrema violencia que hubo en el encuentro tanto para que luego se denominara como “el partido del odio” y que tuviera que intervenir la Interpol.

Separados sólo por Libia, Egipto y Argelia por aquella época tenían problemas más acuciantes que el conseguir una plaza para el mundial además de un historial de rivalidad que sobrepasa cualquier ámbito deportivo. En la década de los 50, Argelia, entonces una colonia francesa, vivía la lucha por la independencia y de la metrópolis llegaron aliados de peso, pues varios jugadores profesionales dejaron los equipos franceses donde militaban y crearon un equipo ligado al Front de Libération Nationale (FLN), movimiento armado que luchaba por la independencia del país magrebí. El único país árabe que rechazó enfrentarse a ese equipo, que sería el embrión de la futura selección argelina, fue Egipto lo que se entendió como un mensaje de que no apoyaba el movimiento independentista de su vecino (si bien en los instantes finales, el estado egipcio prestó apoyo logístico a los independentistas argelinos).

Otros ‘desencuentros’ que ayudan a entender lo que ocurrió en 1989 son cuando Argelia se alió con los egipcios en las guerras contra Israel de 1967 y 1973, y se sintió traicionada más tarde, en 1979, al ver a su antiguo aliado firmar los acuerdos de paz de Camp David, donde el presidente do Egipto, Anwar Sadat, reconocía la existencia de Israel (algo que provocó el rechazo frontal del resto de países árabes); o también lo que sucedió en 1978, cuando la selección egipcia decidió abandonar los Juegos Panafricanos realizados ese año en Argel (capital da Argelia), por orden gubernamental, a causa de un episodio de violencia con la selección de Libia, ya que los jugadores libios, tras caer derrotados, agredieron a los de Egipto jaleados por la afición argelina que veía el partido.

Estos antecedentes son los que marcan aquel partido de 1989 con una plaza para Italia 90 en juego. Los argelinos, con un equipo con figuras reconocidas como Madjer, Belloumi o Menad, eran favoritos, además después del buen sabor de boca dejado en los dos mundiales anteriores. Por su parte los egipcios, habían estado exentos de una Copa del Mundo desde 1934, cuando siendo protectorado británico apeó en la fase previa a otro protectorado, el de Palestina, por el encuentro del 17 de noviembre estaba señalado en rojo y más tras conseguir en la ida, jugada en octubre en la ciudad argelina de Constantina, un resultado favorable de empate a cero.

El encuentro crucial estaba programado para las tres de la tarde, pero la magnitud del partido hizo que sobre las once de la mañana el estadio cairota estaba casi lleno, y ya cuando el balón rodaba, el aforo, estimado en unos cien mil, tenían un ‘overbooking’ estimado de de veinte mil espectadores más, por lo que era normal que se desatara la locura cuando a los cuatro minutos, el delantero del Al-Ahly, Hossam Hassan, hizo el único gol del partido y que daba a Egipto la plaza mundialista.

El ocaso de una estrella

Los argelinos se sintieron perjudicados por el árbitro durante todo el partido y, tras el pitido final, rodearon al colegiado como si le estuvieran haciendo un escrache. A pesar del fuerte contingente policial, el equipo arbitral tardó varios minutos en llegar a la seguridad que le proporcionaban los vestuarios. Mientras que que los egipcios estaban festejando el triunfo en el césped, los jugadores, entrenadores y toda la comitiva argelina decidió invadir al zona VIP para destrozarla: plantas sacadas de macetas, mesas rotas, vasos estrellados en el suelo… Pero lo peor aún estaba por llegar.

Casi una hora después la tensión seguía tan palpable que hubo trifulca entre los miembros de ambos equipos. Durante la misma, el médico de la selección de Egipto, Ahmed Abdelhadi, fue agredido con una botella rota, que le supuso la pérdida de visión de un ojo. El responsable, según el agredido, fue Lakhdar Belloumi, figura de los ‘zorros del desierto’, y uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol argelino, que marcaría el gol de la victoria histórica de Argelia sobre Alemania Federal en España 82.

Lakhdar Belloumi estuvo en busca y captura por la Interpol/ Reuters

Lakhdar Belloumi estuvo en busca y captura por la Interpol/ Reuters

Lakhdar Belloumi ya estaba lejos de Egipto cuando un tribunal lo condenó a cinco años de cárcel por la agresión al médico. El futbolista que estuviera en la agenda de la Juventus, siempre declaró su inocencia, algo que no bastó para que hubiera una orden de captura internacional emitida por la Interpol. Un dilema que se solventó en 2009 tras la intervención diplomática del presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, que logró que Belloumi fuera declarado inocente.

Hace 26 años se vivieron unos incidentes nefastos que ensuciaron de manera extrema. Un ‘partido del odio’ que aún colea y es razón de la todavía animadversión que sienten el uno por el otro de argelinos y egipcios, tanto es así que en en 2009, también en una eliminatoria que daba el pase a una Copa del Mundo (la de Sudáfrica 2010), hubo una versión light (con respecto al grado de violencia mostrado) del ‘partido del odio’ cuando el caprichoso azar volvió a emparejarlos.

Nacho Mateo

Periodista, hice mis primeros pinitos en la prensa deportiva local y luego soñé con emprender. Curioso por naturaleza, también soy productor audiovisual. Cada uno se marca su propia frontera