Una década del ascenso al Olimpo

Charisteas anota el gol que convirtió a Grecia en campeona de Europa/ Getty Images

Charisteas anota el gol que convirtió a Grecia en campeona de Europa/ Getty Images

Domingo 4 de julio de 2004. Los relojes de media Europa están a punto de marcar las nueve de la noche. En ese momento, una nación entera, cuna de la civilización moderna, se levanta al unísono para cantar un gol que pasará a su historia por ser el más importante, el más recordado. Grecia ya había asombrado llegando a la final de la Eurocopa de Portugal. Lo que estaba a punto de suceder era un sueño. Minuto 57, Basinas saca un córner milimétrico que remata de manera inapelable Charisteas. Gol de Grecia. Media hora después el partido termina, Grecia vence en la final a la anfitriona por 1-0. El sueño era realidad. Y sus futbolistas se convirtieron ipso facto en los nuevos dioses del Olimpo griego.

Hoy se cumple una década de la victoria más sorprendente de la historia del fútbol europeo. Diez años del título más inesperado, el que el combinado heleno logró en la Eurocopa de Portugal 2004. Un campeonato al que Grecia acudía con poco que hacer, encuadrada en un grupo en el que sus propios aficionados le otorgaban escaso crédito para pasar de la primera fase. Era su tercera comparecencia en una fase final: tan sólo en la Eurocopa de 1980 y en el Mundial de 1994 aparecieron en escena. La inexperiencia también jugaba en su contra.

Portugal, equipo anfitrión con estrellas como Figo, Rui Costa o un emergente Cristiano Ronaldo; la España de Raúl, Morientes, Valerón y unos jóvenes Xavi, Casillas o Puyol; y una rejuvenecida Rusia liderada por talentos como Mostovoi o Alenichev. Esas eran sus rivales. Pero Grecia tardaría poco en ver que había llegado a territorio luso para hacer historia…

El 12 de junio comenzaba un torneo que Portugal había preparado con mimo durante años. En el partido inaugural, correspondiente al grupo A y celebrado en Oporto, la anfitriona se medía a una Grecia que llegaba al torneo enfrascada en dudas y críticas, muchas de las cuáles dirigían algunos sectores de la afición y de los medios al seleccionador, Otto Rehhagel, un alemán que no acababa de convencer pero que contaba con la confianza de sus jugadores. Todo estaba dispuesto, el resto era cosa de Zeus, Venus y el resto de dioses griegos, que mucho tendrían que poner de su parte para que los helenos saliesen airosos del envite.

Y así fue como el mito comenzó a moldearse. Andaba Eolo alegre aquella tarde y decidió soplar a favor de los suyos. En un partido que deambuló entre los momentos tontorrones del inicio y los nervios del anfitrión ante su afición, Karagounis y Basinas sellaron la victoria en el estreno. Los griegos festejaban…y aún no sabían lo que les esperaba. La primera fase concluiría pocos días después con lo que para Grecia fue ya todo un logro. Porque la derrota sufrida en la última jornada ante Rusia vino precedida de un empate, a la postre decisivo, contra España. Cuatro puntos que le valían a Grecia para dar la sorpresa y pasar a cuartos junto a los portugueses. España y Rusia volvían a casa.

A tres partidos de alcanzar la gloria

Allí estaba el combinado griego, en cuartos de final, como ese actor inesperado que se cuela en un casting plagado de estrellas, ante la mirada de propios y extraños. En cualquier caso su aventura parecía tener poco recorrido ya que en esa ronda aguardaba la campeona, Francia, con un Zidane pletórico. Pero el hado no siempre atraviesa por donde todos esperan, que se lo digan a la mitología griega. Rehhagel dispuso el mismo equipo férreo de todo el torneo. Nada de florituras, a defender como espartanos, que de casta le viene al galgo, y a pescar algún pelotazo arriba. Y así fue como Grecia destronó con un gol de Charisteas a la poderosa Francia que todos esperaban ver en la final.

Lo de semifinales parecía el más difícil todavía. Enfrente estaba la República Checa, que con el transcurrir de los partidos se había convertido en el gran favorito al título. Un equipo espectacular que ensalzaba un juego diametralmente opuesto al de los griegos. Los checos jugaban a un ritmo frenético por momentos, guiados por la batuta del artista Tomás Rosický y aupado por un elenco de extraordinarios futbolistas como Cech, Ujfalusi, Jankulovski, Poborsky, Nedved, Smicer, Koller o Baros.

Parecía imposible que aquella Eurocopa se la llevase otro equipo que no fuera el checo, que llegaba tras pasar por encima de daneses, holandeses o alemanes. Pero la semifinal avanzaba y la República Checa no podía batir a ese guardameta poco espectacular pero efectivo llamado Antonis Nikopolodis. A medida que se llegaba a la prórroga el equipo griego comenzó a ver que las musas del Partenón podían obrar el milagro…y el milagro se obró. Con la escuadra checa agotada, Tsartas sacó a relucir el guante que llevaba en la zurda y botó un córner que el gigante Dellas cabeceó a gol. Grecia iba en serio y estaba en la final.

Lo que sucedió en el Novo estadio Da Luz de Lisboa hace ahora una década, es ya de sobra conocido. La testa de Charisteas dio al país de la filosofía un título que aún hoy es narrado como uno de los más emocionantes ejemplos de que no siempre vencen los mejores. Es el orgullo de los griegos futboleros, hoy cabizbajos tras la eliminación aún reciente en el Mundial de Brasil a manos de Costa Rica en la que, no obstante, ha sido la mejor Copa del Mundo de ‘Hellas’. No podía ser de otra forma, y es que en Brasil hemos visto las últimas galopadas de dos de los campeones de 2004: Katsouranis y el gran Giorgios Karagounis.

El maestro de aquel combinado eterno era un alemán de hierro, Otto Rehhagel, y el once que tan cuidadosamente esculpió, como si de Fidias o Praxíteles se tratase, lo formaban Nikopolidis; Seitaridis, Kapsis, Dellas, Fyssas; Basinas, Zagorakis (capitán y estrella de los campeones), Katsouranis, Karagounis, Giannakopoulos; Charisteas. Estos once fueron los discípulos que se convirtieron en mito.

Y así es como hoy se cumplen diez años de un relato de héroes, un cuento de dioses, una historia de invencibles, como las buenas leyendas de la Grecia clásica. Así es como hoy más que nunca, los griegos recuerdan su noche más eterna, noche en la que el mito se hizo realidad y el Olimpo reconoció a sus nuevos dioses. Aquel 4 de julio de 2004, Grecia fue campeona de Europa.

Juan Diego Vidal Gallardo

Periodista y admirador del buen periodismo. Aprendí en Canal Sur Radio, Diario de Sevilla y TVE. Amante de la lectura y la escritura, de las buenas personas, del fútbol y el deporte en general, de viajar conociendo y conocer viajando...